trigo limpio

Trigo limpio

Menudos meses lectores llevo. A este paso voy a tener que negar la mayor, y pensar que los premios literarios, como sabe todo el mundo no premiado, y parte del premiado, no están negociados de antemano, y que hasta merecen la pena (sí, ya sé, que hay de todo, como en botica, pero no me negaréis que si entro en matices la cosa pierde rotundidad, que cuando se despotrica no hay más remedio que generalizar, y que el fin justifica los medios).

Y es que en los últimos tiempos me han permitido descubrir a dos autores como Juan Manuel Gil y Antonio Tocornal, con los que he vuelto a la infancia, tanto en el sentido poético de la expresión (es decir, que he disfrutado como un niño), como, en el caso del primero, en el literal, pues durante toda la lectura de TRIGO LIMPIO he sido uno más de la pandilla de ese barrio almeriense.

Y he correteado junto a Simón, el del síncope y el del fallo multiorgánico por el antiguo colegio, por el aeropuerto invasor, por los múltiples pasadizos donde se embosca el misterio de la vida que se abre paso, que, al fin y al cabo, no deja de ser el misterio de la literatura, con sus múltiples perspectivas y su constante lucha contra la erosión del tiempo en la memoria; en definitiva, contra la muerte.


Confieso que decidí comprarla por la reseña de Josep Maria Nadal Suau. En concreto por la siguiente frase, que me atinó en el rodalillo del gusto: “Es un libro ambicioso que se sitúa en el punto exacto entre exigencia artística y felicidad popular que debería convertirlo en un éxito”. De las pocas certezas que tiene uno en la vida es que una novela debe estar bien escrita, pero sin perder nunca de vista que otra persona distinta la leerá. Y que ese lector, aun concediendo que hay tantos como personas, y que incluso el mismo lector puede tener días más o menos tontos, en los que pase de relajarse con Blue Jeans o Megan Maxwell a flagelarse con el Ulises, se merece al menos el beneficio de la duda.

Por eso la sentencia de Nadal operó en mí el mismo efecto que una aparición divina en una tarde neblinosa, o que la promesa de un político en campaña, en ambos casos actos de fe que tienen su aquel, y que no dejan de requerir poner bastante de tu parte. Y menos mal que decidí, renunciando a mi explicable primer pronto (¡no puede ser!, o ¡venga hombre!, ya no recuerdo bien), darle una oportunidad a la esperanza. Todo en TRIGO LIMPIO está colocado en su sitio, sin que sobre ni falte nada. Y, si así fuera, ya se encarga el autor de justificarlo de forma más que solvente. Usando para ello una narración pura que se disfraza por momentos de metanarración, intercalando oportunamente las digresiones del narrador sobre la técnica literaria, que, además de apearle de su denostado trono omnisciente (“solo éramos niños”), le permite una serie de licencias narrativas (elipsis, rodeos, diferentes puntos de vista) que, escudándole con inteligencia, dan el contrapunto necesario para que avance la historia sin perder el ritmo necesario.


Todo en TRIGO LIMPIO está calculado para aunar lo imposible. Es decir, una prosa expresiva, con la difícil facilidad de la imagen poderosa y justa, unos diálogos en apariencia excesivos pero ágiles, que aligeran lo justo la lectura, una reflexión sobre el sentido y la estructura de la propia escritura que no choca con un fino sentido del humor, casi callejero. Y, en el fondo, que es de lo que se trata la mayoría de las veces que un lector (sea el que sea, y el momento en que le pille) decide invertir su precioso tiempo, una fábula que desde el arranque te va encelando lo justo para mantenerte despierto y gozoso hasta el punto final. “Puede que escribir sea eso. No tener las cosas claras. Porque quien asegura tener todo claro no se detiene a escribir nada, ¿no?”.

Menos mal que Juan Manuel Gil, además de tener todo claro, decidió contradecir a su personaje, y permitirse escribir este libro, que, como dice el padre del protagonista, “es una manera, como cualquier otra, de hacer tiempo mientras te llega la muerte”.


Bendita pérdida de tiempo.

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