Turileda

En busca de editor

Una semana antes de su centenario, día más día menos, todos los hijos conocidos de Clemente Portocarrero Ayerbe de los Cobos Peñalvira recibieron un mensaje de su puño y letra ordenándoles presentarse tan señalada fecha en la finca familiar de Turileda “antes de la  cena sin falta, si queréis ver un duro en el testamento”. Alarmados e intrigados a partes iguales, tras confirmar por teléfono con su hermano pequeño Abel, el único que le aguantaba desde hacía años, que no había perdido el juicio, se pusieron de inmediato a la ardua faena de cambiar sus planes de Navidad sobre la marcha, fuera por el fatal imperativo de la sangre, fuera por la elevada probabilidad de ser la última ocasión de ver en vida a su progenitor, o por el riesgo, aún mayor, de que cumpliera su palabra. Conscientes todos ellos de que si Clemente nunca en su dilatada vida se había andado con chiquitas, acostumbrado a hacer de su capa un sayo de la mañana a la noche, a las puertas de la muerte todavía menos.


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