hace ya casi siete años que te fuiste

Hace ya casi siete años que te fuiste

Hace ya casi siete años que te fuiste y aún no he sido capaz de ponerte unas letras. Y se supone que intento ser escritor, o algo que se le aproxime. Pero, aunque te parezca mentira, sigo siendo incapaz de evocarte sin que la superficie del folio y la formica rallada de la mesa y el parqué del suelo y la puerta luego y el mundo allá al fondo se me difuminen, igual que se disuelve un día de lluvia tras las cortinas de agua que resbalan por el cristal de las ventanas.

Hoy, no sé por qué, me he propuesto no salir corriendo cuando tu recuerdo se me aparezca y me vele las pupilas, como siempre. Hoy siento que no te lo mereces. Que de lo que de verdad estarías orgulloso es de que te contara la suerte que tengo al tenerte conmigo. Al saber que sigues ahí, que en realidad nunca te has ido, aunque juegues a esconderte y te disfraces de sombra una mañana nublada, de aire tibio al caer la tarde de junio, o de luna llena al borrarnos la noche del mapa, según te dé, que para eso sueles ser muy tuyo.

Siempre he sabido que estabas ahí. Desde que me exhibiste vanidoso a la cámara nada más nacer, sin que el gesto pícaro de guiñarle el ojo silbando lograra disimular del todo tu arrobamiento, hasta cuando esa noche en el hospital, ya con un pie en el estribo del vagón del último viaje, me cogiste de la mano y me miraste. Y yo supe sin necesidad de hablar lo que me querías pedir, y te dije apenas, o igual no pude, yo me ocupo de todos, puedes irte tranquilo, todo está bien, y sonreíste apenas, o igual ni pudiste, quién sabe lo fiables que son esas imágenes que nos van cincelando la vida a martillazos traicioneros, como nadie puede asegurar del todo la solvencia de la memoria, que jamás deja de ser lo que queramos que sea.

Siempre has sabido lo orgulloso que estaba de ti. Aunque no te lo dijera. ¿Es necesario acaso verbalizar la admiración incondicional, el agradecimiento por tu cálido manto protector, por tu continuo desprendimiento, el amor que se supone? Eras incapaz de regañarme. Ni siquiera cuando sacaba le pie del tiesto, por raro que fuera. Como cuando llegué esa nochebuena tambaleándome, tan atascado de villancicos que me mandaste a la cama sin cenar y sin un reproche ni medio, con esa capacidad tan tuya de entender que un padre siempre debe estar por encima de los vaivenes hormonales de la adolescencia, y que la paciencia solo es una manifestación de la inteligencia, de la que tú andabas más que sobrado. O cuando me contabas, con los ojillos chispeantes del chaval de barrio y posguerra que fuiste, cómo recogíais las colillas del suelo, las desmenuzabais y las volvíais a liar, apurando hasta la última chupada, afeándome que me quedara sin tabaco, ya ves, a mí jamás me pasó, con lo que yo he fumado, parece mentira. O cuando era yo el que te afeaba el exceso de cultismos y de citas en tus libros, y me dedicaste Desovillando como a “tu exquisito censor”, entre bromas y veras.

Es curioso cómo, pasados los ardores revolucionarios de la juventud, cuando eres incapaz de valorar lo que tienes, solo de lo que careces, muchos acabamos convirtiéndonos en nuestros padres. O, al menos, intentándolo, ya me gustaría llegarte a la suela del zapato. Igual que me gustaría que todos supieran lo que tú siempre has sabido y era incapaz de decirte.

Por eso te pongo estas letras, aunque sé que no hace falta. Que sigues aquí, que no me pierdes de vista, que me cuidas, como siempre.

Puedes descansar tranquilo, padre, sabiendo que todos estamos aquí, contigo.

Y que todo está bien.

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