ayer discutia con un amigo

Ayer discutía con un amigo muy querido

Ayer discutía con un amigo muy querido.

Eran las nueve de la tarde de un viernes de Dolores en Cuenca. No sé en otros sitios, pero en Cuenca los viernes de Dolores no son un viernes cualquiera. En Cuenca un viernes de Dolores es la primera estación de un viaje ritual que concluye el domingo de Resurrección.

Un viaje del cuerpo y del alma, o viceversa, en el que la mayoría de los conquenses nos embarcamos cada primavera y de por vida, desde que nuestra abuela se peleaba a boca partida con otras de su quinta para que pudiéramos contemplar en primera fila, asomados al balcón de sus brazos, la procesión; sin poder ni querer renunciar a su leva anual, a la periódica llamada de la sangre.

Cada año por estas fechas regresamos a nuestras raíces para revivir nuestro particular vía crucis, sabiendo que igual que la Semana Santa es de todos y de ninguno, cada uno tiene la suya. Que todas caben por igual entre las dos interminables filas de nazarenos que peregrinan calle arriba en busca del misterio de nuestra vida, de esa revelación íntima que nos inyecte la adrenalina necesaria para seguir soportando el peso de nuestra cruz a cuestas por el traicionero camino del día a día. Y que para unos será el ejemplo de sacrificio solidario de un personaje milenario y su promesa de futuro en la fe. Para otros, su propia vida balanceada en andas de pasiones de juventud, cuando, entre el incienso, el aroma de las primeras flores te envenena por dentro y persigues su rostro fijo en ti entre la luz temblorosa de las velas, y estás convencido de que el mañana solo será con ella o nada. Y, para todos, un vaivén de recuerdos de familia, de viejas sensaciones que reviven, de amistad caldeada al olor del resoli y de momentos especiales hermanados.

Me recuerda Facebook que hace tres años colgué esta foto. Acababa de sacar mi primera novela, #operacionpicasso, en la que conectaba dos de mis grandes pasiones, la Semana Santa y Picasso, tan aparentemente ajenas. Mi capuz del Bautismo, recién planchado, temblaba ya de gusto al eco lejano del redoble de los tambores, dispuesto a revivir con los personajes de mi libro su particular búsqueda del Santo Grial picassiano, la primera versión perdida de Las Señoritas De Avignon, por las callejas imposibles de la Cuenca de principios de siglo y de ahora. En ese momento, nada hacía presagiar que nuestra sagrada tradición, igual que nuestros cuerpos, se encaminaban a otro camino del Calvario, sustituyendo el capuz de terciopelo por la mascarilla muda del alma, el rito social y compartido de nuestra infancia por la cárcel temerosa y solitaria de nuestra madurez.

Ayer discutía con un amigo muy querido. No, ni se te ocurra ponerte marchas, ni vídeos procesionales, le decía, no debemos caer en la flagelación de la nostalgia, en ese vacío que sentimos llegada estas fechas, nuestra segunda Semana Santa consecutiva sin resucitar.

Pero hoy no he podido resistirme a la tentación, negándome a mí mismo, como mi propio nombre pecador indica. Os dejo con Nazareno del Alba, de Manuel Millán, una de las grandes marchas conquenses. Tenías razón, solo nos queda el recuerdo, al menos. Y la esperanza. https://www.youtube.com/watch?v=06o6Awz5ekw

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