UN DÍA COMO OTRO CUALQUIERA

Hoy es un día como otro cualquiera. En realidad, y por mucho que aseguren que por Valencia, el sol ha vuelto a salir por Antequera, con el mismo grado de incertidumbre que ayer, para unos más que para otros, como siempre. En muchas casas hay perros que se revuelven impacientes por salir al parque, aguantando la meada, mientras algún murciélago no muy lejos, agotado tras la noche de farra, se cuelga boca abajo de su rama favorita y ronca de puro gusto. En algún lugar fuera de Google Maps alguna madre de color oscuro, o entreverado, se agarra como puede a la quilla del cayuco volcado por la ceguera de la tormenta, mientras el agua va penetrando en su barriga sietemesina, que, conforme se hunde, va perdiendo de vista el espejismo del paraíso blanco. En una casa cualquiera de este paraíso, sin saberlo, una mujer está a punto de abrir al timbrazo la puerta; recibirá un ramo de rosas rojas y una tarjeta en la que su familia le felicita su cincuenta y tres cumpleaños, antes de salir hacia el instituto a introducir en las cabezas fugitivas de sus adolescentes las leyes de Mendel. En una ciudad como Madrid, puede ser cualquiera, hay profetas de salón que prometen a voz en grito el perdón de los pecados y la vida eterna si entre todos derrotamos al enemigo, total, como bien saben los animales, la vida, que no deja de ser un cayuco que se tambalea en una tormenta, es matar o morir, o ellos o nosotros, o conmigo o contra mí, la verdad es una, ya sabes, y todo lo demás es un fraude. En el patio de tu antiguo colegio, puede ser cualquiera, un alumno de sexto de primaria se arma de un valor que no tiene y se declara a la chica pelirroja por la que se arrojaría de un cayuco en llamas, confesándole que desde tercero le cuenta las pecas de la cara, y que ahora tiene más, y ella le mira como pensando y este imbécil de qué va, pero disimula. En La India el sol mañanero iluminará entre los restos aún humeantes de las piras funerarias de la noche la nueva remesa de cadáveres sin atender esperando su turno, como haciendo cola en plena calle, mientras en un sótano insonorizado y ciego de la Diagonal, puede ser otra calle y otra ciudad, hasta la tuya, decenas de covidiotas beben y bailan y cantan y se besan y se sienten inmortales, que la vida es para vivirla, amargao, que eres un amargao. En un camino de la hoz que estrangula tu ciudad un paseante que puede ser cualquiera, incluso tú, se detiene a filmar el esplendor verde y sonoro de la vida que revienta a su alrededor esta primavera, como cualquier otra primavera, con la idea estúpida de ilustrar con él alguna divagación sobre cualquier cosa que se le pase por la cabeza, así la cuelgo en redes y al menos ven algo interesante, piensa. Mientras filma, cuatro ciclistas descienden a toda pastilla por la carretera vecina, respirando a pulmón lleno el aire que rompen a su paso, sin ser conscientes de nada.

Hoy es, seguramente, un día como otro cualquiera. Igual la única diferencia es que ha intentado, iluso, caber en estos modestos renglones. Como si valiera para algo.

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