CONFESIÓN Y COMUNIÓN

Como Dios manda, antes de comulgar debo confesar. Yo pecador, confieso que no había leído a Eloy Tizón, del que he tenido noticias recientemente gracias a la comunidad lectora de las redes sociales. Mea culpa. Durante gran parte de mi vida mi relación con los libros, igual que con las personas, se ha basado en la primera impresión. Si de entrada ese libro (esa persona) escondía su rostro, o si este no era lo suficientemente amable y permeable, directamente lo/la obviaba; nunca he tenido ardor guerrero, ni vocación quijotesca, ni espíritu (ni cuerpo) erudito, ni he buscado a propósito complicarme la vida, para qué, bastante tenía (quiero creer que pensaba). Tal vez porque las ataduras cotidianas han aflojado su yugo, tal vez porque, en consecuencia, he podido volcar ahora y por fin mi tiempo muerto en la literatura, me he dado cuenta de que solo sé que no sé nada. Y he comprendido también, más vale tarde que nunca, que, igual que no hay un único lector, parapetados tras mi coraza de lector profano se escondían otros, igual que dentro de cada persona siempre hay un mundo por explorar, que antes o después acaba aflorando.

Debo confesar asimismo que (cosas del ebook) mientras empezaba a leer, iba quedando deslumbrado por lo que pensaba era el primer cuento, Zoótropo. Tanto por su recreación biográfica, esa fase de la juventud en la que “vivíamos para ver  cómo Dios rompía sus amargos hechizos”, como por su lograda ambientación de esos años 80 en la “vida de frontera” de su barrio madrileño, y ese despertar al mundo y a la vocación literaria (“escribir no significa cumplir un destino, sino escapar de un destino. Escribir es siempre una traición”), que por su valentía tanto envidia el lector.

¡Dios mío!, pensé cuando llegué en realidad al primer cuento, ¡si solo era el prólogo! (a su segunda edición revisada de 2017). La cosa prometía. Y, para escarnio de los políticos, conforme iba pulsando con el índice la punta de flecha horizontal del paginado, la promesa no solo se iba cumpliendo sino que desbordaba mis previsiones más optimistas, yendo, como todo buen libro, de menos a más. Ni siquiera necesité despojarme de mis últimos prejuicios. Sin comerlo ni beberlo fui asumiendo boquiabierto las leyes irreverentes del narrador, sus fogonazos salvajes, como trampas en lo que suponías una senda, su sensibilidad extrema volcada en metáforas tan originales como evocadoras, sus pinceladas impresionistas, sus contrapuntos líricos o surrealistas, la música de su prosa. Ya es tarde cuando te das cuenta de que el objetivo no es narrar, sino transportarte. Crear una atmósfera a brochazos de imágenes, algunas reveladoras y troncales, otras aparentemente inconexas pero siempre subyugantes, que sin necesidad de un hilo clásico de relato imanten la brújula del lector para no perderlo entre la nube de humo de los cañonazos, para que pueda encontrar su propia salida, el final que le convenga. O que directamente renuncie a él por innecesario.

No entraré al análisis canónico de cada cuento, ni a las referencias literarias, ni mencionaré que, en mi opinión, Villa Borghese y Velocidad de los Jardines (el más autoficcional, como un epílogo fabulado del prólogo) son las joyas de la corona, pues esas labores de entomólogo corresponden a los que saben, no a mis modestas noreseñas. Pero no puedo evitar, con permiso del autor, soltar algunas perlas de cebo (“Él es largo y oscuro como un túnel puesto en pie”, “El crepúsculo alargaba las sombras hasta la crucifixión”, “Eva tenía mal gusto y un hijo sumergido y un alfiler atravesaba un pliegue de su conciencia”, “Por los ventanales mal lavados del bar cruzaba un barrido de camionetas y 3 árboles mezquinos y parapléjicos coagulándose contra el frío”, “Qué mano sabia o estéril profundiza los ponientes”, “A esa hora en el otro extremo del mundo, una espiga cae tronchada por el peso de la calma”…). Eso sí, advirtiendo al futuro lector que lo grueso del tesoro espera dentro, y que no tiene ni perdón ni absolución el pecado de abstenerse. Que arderá arrepentido en el infierno.

Ahora sí. Una vez confesado, y expiados mis pecados de palabra, obra y, sobre todo, omisión, estoy listo para recibir la comunión. Para comulgar con la gran literatura. Por la gracia de Eloy Tizón.

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