Tal día como hoy, hace diez años, me metieron un susto de esos que por menos te tallan para el táper de pino. Mis amigos de siempre, confabulados con mis mujeres, me esperaban agazapados en un bar para celebrar mi cincuentenario. Cuando traspasé el umbral, tan engañado que echaba pestes de su desidia en fecha tan señalada, y se me echaron encima a traición, supe que, si sobrevivía al más que probable infarto, jamás lo olvidaría. La vida es como un libro abierto en el que otro que igual eres tú mismo a partir de los cincuenta va leyendo tus propias frases. Pero no todas, pues una herramienta del demonio llamada memoria se encarga de seleccionarlas. Y, como es igual de olvidadiza que de puñetera, solo subraya los extremos. Tanto esos momentos en los que fuiste el hombre más desgraciado del mundo (pues, por mucha amplitud de miras que nos vendamos, el mundo no deja jamás de girar en torno nuestro), como aquellos en los que le pisabas el cuello, o simplemente dejabas de lidiarlo, borracho en tu propia dicha. Por mucho que los cumpleaños a cierta edad no dejen de ser pura demagogia del pasado para exhibirse, y lo sepamos, no podemos evitar mirar por el retrovisor, como si nos persiguieran en nuestra huida diaria hacia quién sabe dónde. Es entonces cuando la memoria se relame y dispara a discreción, haciendo de las suyas, proyectando la ficción de que estos diez años transcurridos desde tu celebración sorpresa pudieran resumirse en un tráiler de momentos escogidos. Por eso esta vez he decidido que ese tráiler que, inevitablemente, mi memoria ya me está proyectando en el mismo palco del sueño desde las vísperas, solo recoja mis medios tiempos. Esos que nunca se cuentan, pero que sin necesidad de subrayado van, letra a letra, segundo a segundo, escribiendo de verdad el libro abierto de tu propia vida.
Las nubes empujando el cielo por tu ventana a la tarde, cuando te da por rebobinar y proyectarte en el word, como si cada día cumplieras años.
Cada reto laboral superado, cada faena doméstica descontada, cada tarea gris rematada, por insulsas que parezcan, por perdidas que se den.
El recuerdo de los que faltan cegándote de pena y orgullo en cualquier esquina, sin avisar, como un misil de sol.
Cada una de las veces que te paras a mirar al de al lado.
El delicado balance cotidiano entre tus propias expectativas y la rutina de tus fracasos.
Cada desayuno, cada comida, cada cena, cada una de vuestras risas compartidas.
Las pequeñas renuncias royéndote dentro, excavando su propio túnel de salvación.
Cada vez que me miras y, sin saberlo, nos encontramos.
La progresiva lucidez de abrir los ojos al día y seguir buscando como si nada.
Este quince de octubre, día de Santa Teresa, ya me aseguré de que mis amigos y familia no tentaran de nuevo al demonio, como hace diez años. O sea que celebraré tranquilo, trabajando, envuelto en esas pequeñas cosas que, sin nosotros saberlo ni recordarlo ni contarlo, van configurando en realidad la intrahistoria de nuestro álbum de fotos. Estamos ya en unos años en los que sustos los justos, por mucho que, si sobrevivimos, los saquemos a pasear en cada celebración, como me sacaba mi abuela María al parque en brazos cuando hacía bueno.
