Miguel Sánchez Robles, al que ya leí en “Algo pasa en el mundo” y “Te llamaré tristeza”, es de esos autores a los que hay que acudir solo si estás dispuesto a afrontar las consecuencias de tu osadía.
Alguien que empieza reconociendo que “muchos tenemos la sensación constante de que la Vida se celebra en otra parte y nos la estamos perdiendo, la sensación de que podremos morirnos sin haber llegado a vivir”, no es alguien que escriba solo para hacerte pasar el rato, para que olvides la miseria de tu propia condición por unas horas, sumergiéndote en la impostura de las vidas ajenas. Alguien que se levanta “fingiendo estar vivo”, “con una dulce desgana de estar en el mundo y de tener que vivir en él” es alguien (y lo sabes) que te va a enfrentar a tu propio espejo y te va a hacer sufrir mientras disfrutas como loco a cada frase.
Alguien que te obliga a gastar tanta tinta subrayando que, en realidad, acabas decidiendo solo lo que no subrayas.
Alguien que escribe tan bien que, cuando te paras a pensarlo, llega un momento en que no te importa tanto lo que dice sino cómo lo dice, cualidad solo al alcance de los grandes, de los que te saltan de párrafo en párrafo con la misma sonrisa de ilusión con que un niño salta de un regalo a otro la mañana de Reyes, creyendo a pies juntillas en su misterio. Tanto, que una vez embarcado en su capote mágico, y humillada la cerviz, hasta asumes el grado necesario de pedantería culturalista para naturalizar sus diálogos, por mucho que sepas que solo existen en los libros.
Alguien que (y lo sabes) se burla de tu propia condición de “hombre cosa lleno de disciplina y tristeza en el cerebro”, de “burgués resentido a punto de llegar a pensionista”, de “hombre que ha apostado definitivamente por un modelo de existencia con el que se siente resignadamente satisfecho”, aun sabiendo que “nadie tiene exactamente la culpa de que la vida parezca un poco fea”, sin que seas capaz como lector de odiar a quien te secuestra a cada frase, a quien te enfrenta a tu propia impotencia, inmerso en un síndrome de Estocolmo que solo la gran literatura es capaz de lograr.
¿O acaso nunca nos cansamos de ser felices, y “hasta de la libertad que tenemos»?
¿De hacer ”cosas que no salen en las películas y tampoco en las novelas”?
¿Acaso nunca nos preguntamos “cuando muramos, ¿cuánto tiempo vamos a estar muertos”?
Lo bueno/malo de noreseñar a Miguel es que ni siquiera tengo que emplearme, ni remover apenas “las profundas lagunas de aguas quietas” de mi mente. Basta con transcribirle.
Acabas su lectura tan agotado como renovado. Con la sensación no solo de haber leído algo importante, sino de haberlo vivido.
Y con la necesidad apremiante de “preguntarle a Dios qué quiere exactamente de nosotros”.
