MENUDA NOCHE ME ESPERA

Todos tenemos sueños recurrentes, de esos que se vale el subconsciente para vengarse de nuestras pequeñeces a la noche, cuando sacamos a pasear al perro que llevamos dentro. Algunos se van desinflando con la propia erosión hormonal de los años, como el de ser un falso eunuco en el harén imperial otomano y no tener otra preocupación que con cuál de las concubinas pegársela al sultán esa noche. Otros, aunque mantienen escenario y protagonistas (la sala de espera llena de muertos vivientes, la enfermera que proclama tu nombre, mamá corriendo tras de ti para pillarte), mudan con la madurez los motivos de tu pánico (antes el propio miedo infantil al dentista, ahora el terror a la clavada en la factura). Pero hay uno que me sigue acompañando, que no persiguiendo, desde que mi padre me enseñó a distinguir un níscalo de una seta de cardo. Fue entonces cuando descubrí que en el monte privilegiado que tenemos los de provincias, además de poder darte el lujo de por un momento estar solo en el mundo, ese silencio arrullado de helechos crujiendo y ramas vibrando en sordina con el aire borraba por ensalmo todo lo malo de fuera, y hasta esa parte de ti que sale a pasear soñando. Desde entonces, cada otoño espero con unción que las lluvias templadas vuelvan a conjurar con su flauta de Hamelin la magia danzarina de las setas, y que mi auténtico yo soñado, plantado en mitad del bosque como un E.T. recién aterrizado en el planeta, vuelva a ser un niño que de la mano de su padre grite de emoción cuando vea asomar entre la juma una cazuelilla anaranjada y fresca, con la gota de agua brillando en el pocete del sombrero, como guiñándote el ojo.
Esta noche me espera una buena. No voy a parar de agacharme y cortar a diestra y siniestra tallos carnosos como concubinas de serrallo turco con la navaja. Mañana estaré hecho polvo, como para que me gire el dentista la última factura.
Pero que me quiten lo bailao…

Deja un comentario