SER PATO

Mi primera vocación innegociable fue ser pato. La culpa fue de mis padres, quién les manda alzarme en brazos desde el carrito para verlos, mientras les echaban miguitas. Desde ese momento fundacional, a pesar de mi tierna edad, cada vez que nos acercábamos a la calle de los Tintes mis berridos les obligaban a sentarme sobre el pretil del puente, hasta que, al reconocerlos a mis pies, me aquietaba, hipnotizado por la suave coreografía de sus movimientos y por ese metesaca de sus cuellos verdes en el agua. Lo mismo me pasó años después, cuando me sorprendieron siguiendo con mi cuello blanco los giros de la tiza de don Máximo en la pizarra, con ese chirrido que, igual que al resto de la clase enervaba, a mí me ponía la carne de gallina del gusto, entre el cachondeo general. Esa fue mi segunda vocación, justo hasta que mi cuerpo se convirtió en un chicle que alguien estiraba y deformaba a su antojo, y una mañana descubrí asombrado cómo con la sola fuerza de mis brazos lograba introducir el balón en la canasta, la misma que poco antes se me descojonaba al intentarlo. Tardé años en darme cuenta de que, a pesar de mi cuello de cisne, ya era improbable que me volviera un negro de dos metros y, justo cuando empezaba a asumirlo, tuve que elegir mi cuarta vocación. Esta vez no fui yo, fueron los otros, que me instaban a reflejar en un papel lo que quería hacer con mi vida, ja, yo que ni sabía lo que iba a hacer con la siguiente tarde, o con la novia de ahora, o con los amigos de siempre. Puse la cruz en la instancia que tocaba, como Dios manda, y me convertí en un probo funcionario, tan orgulloso de trabajar para el bien común, de haber encontrado por fin mi lugar en el mundo, que hasta dejé de echar miguitas a los patos del Huécar, de temblar con el sonido de la tiza al surcar, e incluso de medir la distancia entre mi cabeza y el tablero. Con la cuarta vocación, como una concatenación natural de mi destino, una vez asumido, vinieron mis otras tres vocaciones, todas con nombres y hechuras de mujer. La octava, que quizá fuera la primera, empezó a asomar en pleno gineceo un día tonto de canícula, como ahora, cuando para combatir el calor me dio por volver a las aguas perdidas del río de entonces, buscando de nuevo los brazos firmes de mi padre y la sonrisa fresca de tiza blanca de mi madre. Y en eso estamos.
Quién fuera pato.

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