La ternura de los libros

Leo en prensa que Olga Tokarczuk, al recoger su Nobel de literatura en 2019, apostó por la ternura como agente del progreso social. También leo que distintas epidemias nos acosan, por si no fuera poco con las 56 guerras que ahora mismo nos justifican como especie. La pornoadicción en los menores, a los que, para que no lloren, no sea que, les destetamos directamente del pezón al móvil, míralo que listo es mi chico, aún se tambalea de pie y ya abre solico la nueva app de Tiktok, esa que Bruselas amenaza con suspender por tóxica y adictiva. La epidemia de moscas en Galicia, a las que el cambio climático parece haber desquiciado, bombardeando el frágil equilibrio territorial del estado español. La gripe aviar de turno, con miles de vacunas entrando en los almacenes mientras sacan la lengua a las del covid, no sea que, que los animalicos últimamente parecen de más callaícos, como si, en plena epidemia de ternura, se compadecieran de nosotros, dejadlos, dejadlos, que ya se matan ellos solicos, a qué ayudarles. La epidemia silenciosa, esa soledad que sin drones ni redes sociales ni picaduras de bichos, nos va matando la mente a horas muertas y expectativas de humo, a la espera de que la IA sustituya las relaciones personales por agentes robotizados programados para responderlas. La epidemia del estrés laboral, incapaces de encontrar el sentido último a nuestra rutina diaria, a la supuesta épica del trabajo, pues “hemos sido entrenados demasiado tiempo para esforzarnos y no para disfrutar”. La del populismo, epidemia que, a diferencia de las otras, no lo parece, pero que nos va calando los huesos recién destetados a la par que la del porno, pues, como esta, nos ofrece respuestas fáciles que nos hinchan sola la bragueta. La de los microplásticos, que bebemos, respiramos y comemos sin saber, como la soledad, el sinsentido laboral, el populismo o el propio ChatGPT, que ya capta la ironía y hasta las falsas creencias, de aquí a que detecte el mariconeo inaceptable (Papa dixit) de los seminarios o identifique los distintos disfraces de la mentira un pasico, ya veréis.
A la espera de que la epidemia de ternura (”esa forma de mirar que muestra al mundo como algo vivo, interconectado y codependiente”) encienda por fin las alarmas, leo a Ángel Bonomini bajo el jazmín, con el plátano al fondo a reventar de pajaricos, ajenos a todo:
“… y el mar suena con su ruido mundial y desvanece sus aguas, sus espumas, sus golpes y sonidos junto a nuestros pies, y la noche es muy honda, y los mariscos huelen como un jardín marino en el aire manso, y las estrellas suenan con su zumbido cósmico, y Susana y yo, sin saberlo, somos eternos en esos instantes que se han fugado del tiempo para siempre”.
La ternura de los libros.

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