pajaros sobre un cielo de estaño

Pájaros sobre un cielo de estaño

Muy a pesar mío —renuncias de la vida que no vienen a cuento— no soy filólogo, ni tengo una sólida formación clásica. Y, que conste, soy el primero que me descubro ante los forenses de la literatura. Qué maravilla poder diseccionar un texto como un cadáver hasta dar con la causa de la muerte, despedazarlo y averiguar lo que el propio finado ignora, o tal vez solo intuye, con la frialdad científica de años de estudios y de práctica.

Yo solo leo. Intento sentarme ante el libro nuevo en pelota picada, despojándome de todo prólogo, de toda expectativa, de todo runrún, hasta de mi capacidad de análisis —de tenerla, lo cual es mucho suponer—. Confino todo prejuicio en el cuarto oscuro de mi cerebro, me santiguo y me dispongo a descubrir el mundo con los ojos del recién nacido que algún día fui.

Hay novelas que, nada más empezar, ya sabes que no hay nada que hacer, aunque te empeñes, como ese amor imposible de tu adolescencia. Otras que prometen, aunque no sientas ese flechazo cegador, y te dices por qué no, a ver, total, hasta el rabo todo es toro. Y, las menos, desafortunadamente, que desde la página siguiente a los créditos te amargan la vida. Mejor dicho, para ser justos, lo que te amargan es el retorno a la vida ordinaria. Y vas posponiéndolo, hibernando cada salto de página, en la esperanza absurda de que no terminen jamás. De que sigan transportándote cada tarde a tu rinconcito de recreo. A tu insignificante parcela de felicidad, fuera del tiempo y del espacio conocidos. #pajarosenuncielodeestaño, de Antonio Tocornal es de estas últimas. Cuando, a tu pesar, llegas al final, y de repente te das cuenta de que tienes que bajarte de golpe de la nube húmeda que te llevaba empapando junto a los Van Vogelpoel desde el principio, te quedas vacío. Desde ese mismo instante empiezas a echar de menos ese bestiario prodigioso por el que vas desfilando con “el tipo de fascinación que subyuga a un niño”, como confiesa el propio narrador. Y empiezas a buscar explicaciones a lo sobrenatural, aun sabiendo que es inútil. Que si la agilidad de un relato que fluye con las palabras justas y la acción medida, sin aparentes artificios, con la difícil facilidad de embaucar al lector con el solo hilo de una imaginación espléndida, sin necesidad de una trama explícita. Que si una prosa quirúrgica, tan trabajada y detallista como sencilla, que ni te ahoga ni te suelta, templando tu embestida de lector descreído desde chiqueros. Que si un sentido del humor tan fino como esencial para reforzar la mínima verosimilitud, imprescindible para sellar ese “pacto del buen lector” al que alude otro gran escritor, Justo Sotelo, y que una excesiva solemnidad no resistiría. Que si…

En contra de lo que pueda parecer, el realismo mágico no es fácil. No se trata solo de inventar, de echarle fantasía al asunto, de mezclar así como así lo imposible con una mínima coherencia, de pasar por el aro. El secreto de la pócima de Panorámix está, sin duda, entre las páginas de este libro, a la espera del análisis químico-forense. Yo solo leo. Y me quito el sombrero ante el druida Tocornal, aunque se me vea la calva al descubrirme.

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