NO HAY FORMA

No hay forma de que llueva. De chico llegué a confiar en el efecto rogativa de mi canto, cuando en misa las beatas volteaban el cuello a la que me arrancaba. Pero debió quedarse por el camino, como los domingos de fútbol desde el tendido de los sastres, las tardes inacabables de balón, cesto y espera, tan distintas entonces y tan iguales ahora, y las miradas furtivas a tu cruce, cuando todo era tan simple como adivinarte, y el mero olor de tu rastro la contraseña para activarme, el código Enigma del resto de lo que entonces intuía mi vida, esa materia oscura que algún día me devoraría, convirtiéndome, según los peores augurios, en un hombre.

No hay forma de que las gafas no se ahúmen sobre la mascarilla. Cuando aún no habías sido devorado, y las noches eran todas una, abiertas siempre de piernas a tu espera contra el espejismo del horizonte, eras incapaz de contar los minutos necesarios para desempañar tu vista el entrar al bar (de ahí las lentillas). Eso significaba dar ventaja al adversario, desaparecer durante una eternidad, perderte. Ya se sabe que no vale lo mismo un gramo de vida entonces que ahora, como no fluye igual por tu sangre el mismo brebaje de entonces, y ahora se empecina en coagularse, en joder la marrana porque sí, como un acreedor de tu futuro deceso.

No hay forma de rectificar tus errores. De decirte lo que entonces pensaba que no hacía falta nombrar, como el amor secreto o el cariño presunto o el odio justificado o hasta la indiferencia vergonzante. De susurrarle al que eras entonces que todo importa, que llega un momento en que las deudas se pagan. Que todo tiene su momento, desde la forma de afrontar lo nuevo hasta ese giro estrábico de pupilas al sorprenderte mientras me buscabas, quién sabe dónde.

No hay forma de afrontar el futuro sin saber a qué error te has de enfrentar mañana. Cómo vamos a salir a pecho descubierto a la calle si en cualquier momento una mera corriente de aire vuelve a coagularnos el sudor por fuera, como los cubatas de ahora por dentro. Si, por mucho que sepamos que nuestros políticos olvidarán sus rencillas por el bien común y nos protegerán sin mirarse el culo, de forma altruista, cualquiera de los miles de bichitos con tocado real que aguardan agazapados su turno para confinar nuestras almas pueden volver a querer salir al patio a jugar. Como cuando contabas los copos de nieve que, tan lentos, parecían subir al bajar, al tiempo que en el borde del cuaderno los dibujabas como para detenerlos, y en su estrado don Manuel se partía de risa con el Buscón en las manos y su Sombra en la comisura de los labios, mientras repasábamos la lección del día. Cuando bastaba el timbrazo del recreo para despertarte de tu sueño y activarte, como el poso del olor de tu perfume entonces, o la mera posibilidad de infectarnos ahora, con esa batería infernal de gremlins esperando impacientes su turno de salir a almorzarse nuestras tortas de manteca con chocolate.

No hay forma de que España gane Eurovisión. Ni aunque llueva.

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