LO QUE HAY

LO QUE HAY

Tardes que se miran al ombligo mientras escapan entre los agujeros del jazmín, ahí afuera. El marinero que se quedó en tierra por una lesión de clavícula otea por la bocana del puerto apurando su cigarro, de un momento a otro espera ver aparecer a Caronte trayendo las almas de sus amigos a casa por fin, a la hora de la partida. En el instituto de al lado, un futuro bachiller ruso se atusa el pelo sin parar mientras le ponen en antecedentes de lo que se avecina en jueves lardero, y de cómo la primavera reventará dentro de todos esa tarde. Políticos sin alma juegan al tuya mía en el rincón de su recreo. Saben que son el centro del mundo y todos se encargan de hacérnoslo saber, como si importara. El húngaro del acordeón apura el último rayo de su esquina, ni sabe quién juega ni le importa; esta tarde la cosa estuvo floja, pero sigue vivo y se está tan a gusto al sol. En el país del futuro bachiller también juegan, siempre han sido muy de campañas de invierno, que se lo digan a Napoleón y a Hitler, que aún se acuerdan; igual por ese frío, que les curte, no como aquí, que nos atonta el sol y cualquier tonto hace relojes. Dentro de un rato es la hora de First Dates, mejor que el telediario, dónde va a parar. Total, llevamos toda la historia con estúpidos dioses que se masturban a cuatro manos y nos salpican, pero solo unos pocos años con la emoción de encontrar pareja a ciegas. Menos mal que Murcia dedica 145.000 euros a pilotos adolescentes, mientras hay vida hay esperanza. Menos mal que por fin existe Soria, Teruel ya no está sola, ahora solo falta repasar en clase de geografía las provincias, como antes. Quién inventaría las grúas domiciliarias, que lo diga. Para besarle, claro, después de ver cómo mi madre sonríe (cada vez le cuesta más) cuando le izan de la cama a la silla, y siente moverse la tierra allá abajo, como en la feria de niña. Puigdemont reivindica su estrategia ante el parón del diálogo, menos mal. Cada vez se parece más a su máscara de verbena, qué tío. Parece confirmarse lo que sospechábamos. Que todas las galaxias albergan un agujero negro. En Rusia también, por lo que dicen, y en Terranova, en el fondo de ese mar que aún espera al marinero que se quedó en tierra, y hasta en esas cúpulas donde los dirigentes sientan sus reales, tan altos que no se los ven. Solo llegan al ombligo. Mientras tanto, la tarde se escapa, ajena a todo, y volvemos a citarnos a ciegas.

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