AMANECE

Amanece. Debo leer «Historias mínimas» de Natacha G. Mendoza, lo recomienda Salva Robles y es apuesta segura, pienso nada más abrir los ojos, incluso antes. El primer café con leche. A veces solo su mera posibilidad al levantarte te justifica. Manuel Rodriguez me descubre «El desierto de los tártaros» de Dino Buzzati, una alegoría vital de resonancias kafkianas. Hace frío. Mi hija dormita de copiloto camino a clase. Ni siquiera saca el móvil, como si a esas horas el mundo aún no debiera existir. Debo releer a Bolaño, empezando por «Los detectives salvajes». No soy el mismo de entonces, cuando todo empezaba a situarse, sigo aprendiendo. Todos deberíamos releernos cada año al menos, confrontarnos con lo que fuimos, incluso con lo que no hemos sido. No puedo evitar la confortable sensación de seguridad al tocar el radiador y tomar posesión de mi parcela. El ordenador me saluda, estoy preparado para la batalla. El espacio ya no es lo que era, solo una ventana con teclado a la red por la que desaparecemos cada mañana. Mi otra hija insiste en no leerme hasta que elimine mis prejuicios contra Harry Potter. Está convencida de que lo que llamo literatura es una palabra aburrida. Que la vida sin magos ni dragones, sin buenos ni malos, sin elegir entre Ravenclaw y Gryffindor, es una mentira. O una pérdida de tiempo, a saber. Mi ciudad se muere. A media mañana solo cruzo futuros cadáveres con mascarilla. Buenos y malos, y ni eso. Siempre he pensado que un sudafricano y yo no tenemos nada que ver, pero mis redes amigas no paran de bombardearme con J. M. Coetzee, debo añadirlo a una lista que me intimida. Cuanto más leo, más consciente soy de mi ignorancia. A veces pienso que no tengo derecho a opinar, por mucho que lo consagre la Constitución. En realidad, uno solo debería hablar de lo que sabe, por mucha vanidad que parezca. Otro gallo cantaría. Al acabar de comer, todo vuelve a ordenarse. A pesar del telediario, cada cosa parece estar en su sitio, al fin y al cabo ande yo caliente, ya sabes. No debo ceder a la siesta, que me llama a voces. @poeta1 recomienda febrilmente su propia poesía, en un arrebato de sinceridad. Además, aún tengo pendiente mi asalto a Murakami y la literatura oriental vista por un occidental. Pero mi media hora de deporte nacional me pone las pilas , qué le vamos a hacer. Siempre la tarde tiene otro ritmo, a su luz todo parece distinto, menos hostil, como resucitado. Las guerras y los crímenes son más de mañana, cuando todo se encabrita, y el pensamiento huye al galope. Instagram no para de bombardearme con Agustín Gómez Arcos y Agota Kristof. Pinto pinto gorgorito. Hay amigos que reseñan más de un libro al día, y luego le replico a mi hija (la mayor) que la magia no existe. Ja. No me da la existencia. Los días cualquiera es lo que tienen, que parecen tan iguales que no existen. Menos mal que llega la noche y mañana será otro día. Intento leer a Muñoz Molina mientras con el otro ojo entro en la armadura de un mandaloriano, tal vez porque no tienen nada que ver. Los amores imposibles son los que más duran, dicen. Será en los libros, como lo demás. Hace años que solo puedo dormir con uno en las manos, o borracho. Pero los ojos se me caen al tercer renglón, y ya no bebo. Para qué, con todo lo que me queda por leer.

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