NADAL O SOTELO

Rafael Nadal o Justo Sotelo. Si elijo el primero, los letraheridos fanáticos me denostarán, darle raquetazos a una bola, menuda simpleza. Si me quedo con el segundo, la mayoría de los mortales se mofarán, mira este, ahora se las da de intelectual, ¡si es Nadal! Pero como no estoy dispuesto a renunciar ni a la semifinal de la tele ni a mi noreseña, me decido por la chocolataja (como decía mi abuela), consciente de que me quedaré en tierra de nadie, como todo el que mezcla churras con merinas. Arrancaré con un símil que me justifique: la determinación irreductible. La misma que desarma a los rivales en Nadal, la misma que hipnotiza a los seguidores de Sotelo. Y es que el arte no entiende de disciplinas, solo de talento, sea para manejar al rival con el guante del titiritero, sea para embarcar al lector en la búsqueda de esa eterna historia de amor que persigue Justo en cada escrito, llámese post en Facebook, novela (“Las mentiras inexactas”), cuento (“Cuentos de los viernes”, que es mi excusa actual), o poema en prosa/novela/teatro/lo que sea (“Poeta en Madrid”). Y es que, como él sabe y los demás sospechamos, solo el amor nos justifica, pues “su fuerza disipa la energía”, y todo se reduce al final a “ver el rostro del otro reflejado en la almohada”, a “escuchar el sonido de la luz”, mientras las tapas de los libros, que “siempre suenan a lluvia”, nos salvan una vez más la vida.

“Estuvieron buscando todo el día un lugar donde pasar la noche, hasta que se miraron a los ojos”. Los que tenemos el privilegio de mojar en el café sus reflexiones cada mañana sabemos que todas esas cartas dirigidas a “ella”, su oscuro objeto del deseo como escritor, no dejan de ser el mismo cuento sobre los mundos paralelos, sobre la circularidad recurrente del ahora en los laberintos de Borges, sobre ese inacabable viaje por el túnel del tiempo a través de las letras ( “Era como si estuvieran recorriendo su vida juntos en apenas unos metros, y el espacio se agrandara hasta llegar al presente”). Igual que sabemos que el secreto de sus cuentos, como en los cuadros de “El pintor y la modelo”, es lo que no se ve, el relato construido y asumido, el mito, y no la realidad, que, como en “El novio embrujado”, no deja de ser lo que queramos que sea, en ese “bucle infinito entre el autor, el lector y el texto” (según palabras de Almudena Mestre) con el que Justo Sotelo juega con nosotros, prevaliéndose de su cultura y de su don, igual que Nadal mueve de un lado a otro de la pista al contrario, poseído por su propia fe.

Podría seguir, pero Zverev se ha retirado por lesión, debe ser una señal divina para que me calle. Solo me queda desear que la literatura siga impidiendo crecer por muchos años al autor de “Cuentos de los Viernes” (“Wendy”), para delicia de sus espectadores/lectores. Vamos a la final.

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