Mucha gente aprovecha para leer libros mientras veranea (afortunadamente), pero somos pocos los que podemos presumir de veranear dentro de nuestros propios libros.
Hace años, en plena canícula, en vez de invertir mis sobremesas en el apasionante mundo del dominó o del truque, como es costumbre aquí, decidí crearme en esas horas muertas mi propio pueblo. De ahí nació #turileda, que no deja de ser, junto a un ejercicio de supervivencia egoísta (no es lo mismo nacer en un sitio que aterrizar treinta años después), una llamada desesperada para evitar la desaparición de todos esos pueblos castellanos que durante agosto, cuando sus hijos pródigos resucitan la parábola, se olvidan por unos días de su propia condenación. Así, ese verano del pasado me entretuve, como un dios ludópata y burlón, en crear mis propios paisajes, mis propios personajes, mis propias tramas, todo ello, claro, basado en mi propia experiencia y en todas las historias que cada año me contaban los propios turilenses, que en ocasiones me limitaba casi a transcribir. Fruto de todo ello surgió el baile del robaparejas, una verbena que culminaba las festividades en honor de la Virgen de las Nieves, en la que cada lugareño se disfrazaba, y era costumbre que las mozas fueran “robadas” en el primer baile.
Curiosamente, ese año estaba en danza el famoso “procés”, un sainete ubicado en una región vecina en la que, mira por dónde, los pueblos tienen garantizada la supervivencia por la abundancia de servicios. Como algunos en esa zona privilegiada se aburren, los veranos se montan espectáculos xenófobos de supuesta reconquista. Ese verano de 2018, cuando a unos pocos kilómetros un menda se dedicaba a fantasear bolígrafo en mano, el actor principal del “procés” encabezaba, en su tocata y fuga de Lolita particular, todos los telediarios, y decidí incorporarlo al robaparejas turilense:
“Fue justo cuando las rumbas agarradas dejaban paso a los sones pegajosos de Despacito, y la pista se inundaba de un aluvión de peñistas meneando las caderas con las pintas más variadas; desde emoticonos gigantes hasta cacas del wasap, pasando por los superhéroes variados, los clásicos curas con alzacuellos, sotana y bendición urbi et orbi, los envueltos en preservativo, ya con cara de agobio, y los del casco peludo de un Puigdemont con gafas de culo de vaso y lazo amarillo ahorcando el cuello, se diría que de los más numerosos, dada la actualidad del homenajeado.”
Como la vida no deja de ser, con frecuencia, un sainete circular, especialmente los veranos de moscas y procesiones, me encuentro seis años después con el mismo iluminado abriendo los telediarios, como si hubiera leído (seguro) mi novela, o veraneara dentro de ella.
Todos los años (y ahora ya estoy fuera de mi libro, en mi pueblo real) los amigos debatimos durante horas de qué disfrazarnos para las fiestas del Cristo, el 14 de septiembre. Que si de vikingos, que si de indios y vaqueros, que si de Barbies, que si de chinos, que si nos travestimos … Este año lo tengo claro, pues cuando la realidad imita a la ficción no podemos sino rendirnos a ella.
Este año voto por Puigdemont (ya que en su pueblo no).
P.d. Las fotos turilenses que ilustran el post son obra de Jesús Reillo Segovia, un artista nativo que, además, es amigo. Ojalá me haga caso y las exponga, pues su mirada ve cosas que los demás no vemos (por mucho que estén ahí), y encima tienen los días contados, como (desgraciadamente) el pueblo del que saltan a su ojo privilegiado.
