La telenovela de las clarisas cismáticas, el deshojar la margarita del procés en plena primavera, con el polen gaseando la sangre y los tornados bombardeando el horizonte de drones, el destino de la limpiadora despedida por bailar con su mopa en Tiktok, si jugará o no Courtois la final… Inmersos en este sinvivir, el desestresarse con una novela de 800 páginas es, lo entiendo, como para hacérselo mirar. Y, más aún, si nos sumerge desde el principio en una atmósfera tan envolvente como opresiva, en una conspiranoia en torno a un misterioso videojuego con el denominador común de la angustia existencial, tema que, me temo, está de moda editorialmente (me daba un aire a veces a “Los que escuchan”, de Diego Sánchez, y no solo por la omnipresencia de esos extraños ruidos que perturban la razón).
Confieso (ahora voy a ser malo y egoísta) que dudé mucho al embarcarme. Más que por la propia extensión del tocho (y eso que he publicado una con casi 600 páginas, en contra de toda lógica), por el hecho de que “haya que leerla” porque viene lanzada por un grande, ha roto en redes sociales, y los del sí (hay polarización) hablen de obra maestra. En una rabieta adolescente de arranque, pensé “si ninguno de esos popes literarios se digna mirar la mía, ¿por qué perder mi tiempo con una tan recomendada?” Pero como, pese a mi invisibilidad (o tal vez por ello, quién sabe), no puedo evitar perder mi tiempo con la literatura (hay formas peores de hacerlo, eso seguro), y además ardía en deseos, me he tirado unos cuantos días subyugado por el andamiaje levantado por una escritora de menos de 30 años que, desde ya (por mucho que la publique un grande) cuenta con toda mi devoción.
Y menos mal. Me confieso (y ahora soy bueno y altruista) barquinerista. Y eso a pesar de que a veces me desesperaba la lentitud y la excesiva pormenorización, al límite de tu paciencia lectora. O echaba de menos una mayor elaboración del lenguaje, ese flash de lanzallamas que deslumbra en un párrafo, y que intercala con demasiada contención, igual buscando, como Foster Wallace (Sergio Fanjul dixit) “usar los códigos de la cultura pop para narrar cosas muy densas, atrapando la atención del lector con estructuras muy similares a la ficción comercial”. Esta es una eterna polémica; está claro que, a mayor extensión, más ligereza, pues no se le puede pedir la misma intensidad/densidad a un poema que a un cuento que a una novela, so riesgo de dejarse al lector no profesional o iluminado por el camino (por mucho que digan, en novelas como “Submundo” de Don Delillo a las 200 páginas ya estás hasta las narices de decirte “qué bien escribe este tío, pero tengo que aguantar porque dicen que es una de las mejores novelas americanas del siglo XX”). El caso es que, igual que la del americano agotó mi sadomasoquismo lector, los Escorpiones, pese a todo, logró mantenerme en vilo. También confieso (hoy va de mea culpa) que me encantan las historias complejas, de distintos personajes y saltos en el tiempo, aparentemente inconexas pero que se van entrelazando poco a poco, por mucho que exijan al lector. Esa será la clave, supongo, jugar con él lo justo, soltarle a veces de la mano pero sin permitirle que se caiga del alambre que vas tejiendo. Y Barquinero, a mi entender, y pese a los pesares, por otra parte lógicos en una obra tan ambiciosa y extensa (le perdono hasta ese final), lo consigue.
“Tú y yo no somos de esa clase de personas que están bien”.
“Me pesa el vacío de no tener a quién felicitar las fiestas, de que mi vida no tenga ninguna incidencia en el mundo”.
“Samantha con su balayage, su microblading, sus pestañitas rusas, su traje fucsia que vale tanto como un coche de segunda mano y su pulsera Pandora en la muñeca”.
Como todos los grandes libros, deja un resabor amargo de resaca y una pregunta resonando en el oído, como uno de esos pitidos infernales que trastornan el sentido:
“¿Estoy tan lejos de ser una de esas personas capaces para la vida ordenada, que rehacen o no su vida, como sea, pero siempre por los motivos adecuados?”
Por todo eso, y lo que me callo para no estresarte más, soy de los del sí.
