MI MASCARILLA Y YO

Todos nacemos con mascarilla.

Cuando asomamos al mundo nuestra cara es un gurruño recubierto por una mezcla de sebo, lanugo y células descamadas de la piel. Más por necesidad que por nostalgia, conforme ese bebé va descubriendo que sin la protección del vértix materno está solo, se irá enfundando en sucesivos escudos inmunitarios. Nadie puede sobrevivir sin defensas. Empezará exagerando el llanto para reclamar la atención, al intuir que, aunque en ese extraño lugar de aterrizaje hay más seres como él, todos llevan mascarillas, pues la competencia azuza el ingenio, y el más tonto hace relojes. Este descubrimiento es tan temprano como capital. Enseguida advierte nuestro protagonista, o su instinto, que a pecho descubierto las hostias le llueven como panes. Y que debe aprender a delimitar lo que ocurre de puertas adentro de lo que se muestra a los demás, por mucho que le cueste reprimir la sinceridad de sus arrebatos, sobre todo si el gen emocional que sus padres le legaron apaliza al cerebral, que también es mala suerte.

Conforme sigue mudando la piel lo va entendiendo, muy a su pesar. Ah claro, es que esto va de levantarse por la mañana como si fuera el primer día de tu vida y sonreír y competir y competir y sonreír. Con los amigos a ver quién gana al fútbol, a la consola, a hacer el ganso, a voltear la mirada a su paso, al menos a no desentonar, no sea qué. Con las amigas a lo mismo. Con todos los estudiantes a ver quién saca la mejor nota para conquistar ese nicho de futuro que solo depende de ti, pues hay más pretendientes que promesas. Con todos en general a ver quién se sale del camino recto, quién es carne de cañón, a quién la debilidad le come, ya sabes, el mundo no es para cobardes, tú estate y verás lo que es el instinto depredador, total no hemos dejado de ser animales, ¿no?

Como para quitarse la mascarilla está la cosa. No saben lo que dicen. Ni en sueños, por si acaso.

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