ENTRE LA PENA Y LA NADA

Tengo dicho, creo, que no me gusta exhibir mis reparos lectores. Probablemente para evitar que el día que me convierta en escritor me receten la misma medicina, ya se sabe que quien a hierro mata a hierro muere, y que uno recolecta lo que siembra, es ley de vida. Pero, por otro lado, mi diablillo dominical me susurra qué leches, si has invertido una parte de tu tiempo en él, con lo caras que cotizan esas acciones a cierta edad, al menos cuéntalo, suelta por esa boca, si todo fuera laudatio dónde quedaría el espíritu crítico, que no deja de ser una vacuna contra la estulticia y el jibarismo mental. Y además no seas ingenuo, si alguna vez publicas te van a destrozar igual, y seguro que con razón.

Reconozco que el tema central (la crisis de la relación de pareja con la inevitable erosión de la pasión con el tiempo), unido al bombardeo mediático, me acabaron de decidir. También reconozco que no es nunca fácil que un lector, por muy predispuesto que esté, firme a priori ese pacto que el escritor necesita para lograr su complicidad. Que entre por la puerta que se abre ante sus narices. Que trague. Y, en descargo del autor, que esa química, imprescindible para que la odisea lectora arranque, a veces no depende solo de las letras que rasgan el papel, sino de una conjunción astral entre todos los actores de la obra, cuya fórmula no está aún patentada, y solo se transmite de boca en boca por los elegidos, si acaso. Y que igual hasta la ignoraban el propio García Márquez cuando nos narraba el amor eterno de Florentino Ariza por Fermina Daza, o Tolstói la locura de Ana Karenina por el conde Vronsky, o Nabokov la irrefrenable atracción de Humbert Humbert por Lolita.

“Los días perfectos” es un libro muy bien escrito, con una prosa cuidada, y un planteamiento epistolar inteligente, que va desgranando al hilo del detonante con el que se abre (la infidelidad del protagonista) toda una serie de reflexiones sobre su matrimonio, oportunamente expuestas, y con la suficiente capacidad como para trascender la propia relación, y operar de lenitivo, o al menos de consuelo identificador, a gran parte de los lectores de esa franja de edad, que sin duda pueden verse reflejados (“Me pregunto si es el tedio lo que nos espera, si debemos resignarnos sin más, y aceptarlo…”; “Me cabe la duda de si solo nos enamoramos de nosotros mismos enamorados”; “Vivir sin pasión no me parece ya vivir sino meramente estar de paso, contando los días…”). Pero esa relación que detona la obra y sostiene la argamasa de todo el entramado no he acabado de creérmela, cualquiera sabe si por su supuesta artificialidad, como de película de serie b de los domingos por la tarde, o por no verse el lector capaz de ponerse en esa piel, por pura gazmoñería. Y ya se sabe que sin fe no hay salvación, a mi pesar.

“Entre la pena y la nada, elijo la pena”.

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