Qué difícil es atacar un libro de 715 páginas y no morir en el intento. Si ya lo es como autor (puedo dar fe desde la modestia de las 585 de mi #turileda), como lector linda el masoquismo. El día que decidí batirme en duelo con “Minimosca”, lo confieso, tenía más dudas que esperanzas, pues en mis anteriores ochomiles literarios no en todos hice cumbre. Por ejemplo, si con Bolaño llegué a coronar, fascinado, sus 2666 metros (1.125 páginas), y con Barquinero los 804 de sus Escorpiones, confieso mi retirada por inclemencias meteorológicas con Auster a los 403 (altura total de 957) en su 4321, y con el Submundo de Delillo a los 483 (total: 902), por mencionar solo algunos. Antes de un reto así me gusta cartografiar el terreno, saber a lo que me enfrento. Y, en este caso, todos los críticos auscultados coinciden, catalogándola de novela total, de género en sí mismo, de locura ficcional, hasta llegar a calificarla de “gran fresco-puzzle cósmico-polifónico-caleidoscópico y amnésico-memorioso y anatómico-melancólico y maníaco-referencial”, oponiéndolo a “la miniatura testimonial y autoficticia” (Fresán).
Estoy totalmente de acuerdo con mi admirado Tocornal en que, afortunadamente, hay “lectores que leen con otros ojos y escritores que miran con otros ojos”, pues si no nadie nos salvaría de las garras de la literatura puramente comercial, entendiendo por tal la que se limita a cosechar los predios lectores mayoritarios, los que (con todo su derecho, por supuesto) solo buscan entretenerse, reconocerse en los lugares comunes, saludarse sonrientes, encantados de existir. Sin embargo, y a pesar del inmenso talento narrativo (para mí es tan importante lo que se cuenta como cómo se cuenta) de Gustavo Faverón, de su extraordinaria apuesta por indagar sobre la maldad, sobre los padres caníbales, sobre la locura asesina, sobre los instintos más miserables y oscuros de la humanidad, me ha costado Dios y ayuda no abandonar. Qué difícil es encontrar ese equilibrio entre la necesaria exigencia, esa otra mirada desde un pacto lector imprescindible, que no deja de ser un voto de confianza al escritor por distintas razones (el previo marchamo crítico, el currículo del autor, incluso la personal disposición favorable por cualquier otro motivo), y el que esa pretendida voluntad de originalidad no convierta la aventura al lector en un constante juego de tetris, y a cada página en una pared a la que hay que derribar a cabezazos.
Solo al llegar a lo más alto (715 metros de páginas) encontré su pleno sentido a esa pretensión de ininteligibilidad, a esa forma de enmadejarnos hasta casi volvernos locos, como si solo desde esa maraña kafkiana de personajes, tramas y situaciones pudiera contemplarse al final, cuando todo cuadra, “el mismo cielo opaco que se abre encima de todos los sitios de la tierra cuando arden en llamas y dejan de existir y es como si los sitios fueran la pira funeraria de los sitios”.
¿Quién ha dicho que en esta vida todo, hasta la lectura, tenga que darse por sentado?
¿Quién está dispuesto a jugarse la vida en esta colosal antitragedia, sabiendo que, como en la suya, junto a momentos de unánime gozo lector (las películas mentales de George y la narradora son impagables, como “la del soldado que vuelve a casa de una guerra, pero no sabe de qué guerra y además en casa nadie lo conoce y el soldado vuelve a la guerra y se siente como en casa”, entre otros muchos) se alternan otros de agonía, de sinsentido, de esos en que te apetece asesinar al escritor, no sin antes pedir que te devuelvan el dinero?
“Me he dado cuenta de que cuando escribo no quiero matar a nadie, por eso quiero escribir todo el tiempo”.
Ojalá. Desde luego, aquí tienes un devoto lector, a pesar de pasarte por el forro cualquier pacto humano y divino admisible.
