MÁS EL CÓMO QUE EL QUÉ

Partamos del principio, para evitar malentendidos. Me encanta Eloy Tizón. Desde que lo descubrí con “Velocidad de los jardines” (y dejé por escrito mi deslumbramiento), espero cada nueva entrega con unción. Sé, con total seguridad, que no me dejará indiferente.
También sé, claro, que un mindundi como yo no es quién para según qué cosas. Por eso sé
Que el escritor moderno debe ser, ante todo, un aventurero (Joyce).
Que todo buen libro debe contener incoherencia e incompletitud (Emilio Calvo de Mora).
Que escribir un libro es perseguir el fantasma de un libro (Eloy Tizón), diluir la narratividad para llegar a un flujo de conciencia (Justo Sotelo).
Que en ese juego de dos que es la literatura (Cortázar), se necesita esa complicidad que transforme al lector a su vez en autor de su propio texto (Almudena Mestre).
Sé que a Tizón hay que leerlo con lápiz y papel en la mano, que no quiere representar el mundo sino dinamitarlo (tal vez construirlo), que la forma es el fondo.
Pero (yo pecador)
Confieso que, salvo excepciones (“Dichosos los ojos” y “Confirmación del susurro” me parecen espléndidos, redondos en su buscada deformidad), hacia el ecuador de cada cuento notaba el mismo agobio que cuando el profe de mate atacaba los logaritmos (yo era de letras). Es decir, era tal el grado de concentración que llegaba al final con la lengua fuera, deseando escuchar el timbre del recreo.
Como el que bucea a ciegas por la fosa, intentando vislumbrar una luz que le guíe mientras sortea esos peces abisales esplendorosos, consciente tanto de lo excepcional de su suerte como de que necesita salir y respirar al aire.
¿Leer debe ser estudiar?
El propio autor se confiesa, ironizando en una suerte de poética enmascarada en la del personaje de Erizo, (“… no hay personaje. Ni historia que valga. No hay trama. Ningún giro imprevisto. Ningún arco emocional ni epifanía transformadora… Nadie está escribiendo esto”).
¿Me hace esto un lector desatento, o corto de alcance? ¿Una pulga amaestrada (“Mi vida entre caníbales”)?
Y conste que he llenado el libro de subrayados y notas (esas metáforas, esos aforismos, esos contrapuntos…).
Que tras leerlo soy mejor escritor (si es que lo soy).
Que Eloy Tizón me parece un genio.
Por mucho que, salvo excepciones, me falte chicha en algunos. Me sobre manierismo, artificiosidad. Como el que dispara a ciegas en el fondo del mar, a la que se mueve.
¿Por qué me interesa más cómo lo dice que lo que dice?
¿Es que ese pacto lector no debe partir de una mínima coherencia, del imprescindible asidero?
Calladito estoy más guapo (eso seguro).

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