CREADORES

Ayer me dio por ver la serie “Creadores”, en concreto los capítulos dedicados a tres de mis debilidades. Disfruté como un niño cuando Barceló, con su acento cerrado de mallorquín cosmopolita, refería su época neoyorkina en la Factory de Warhol, mientras Basquiat era ya un cadáver viviente. Y cuando Muñoz Molina contaba, con su acento olivarero de labriego universal, cómo renunció a heredar la huerta familiar entre la incomprensión paterna, incapaz de entender que la herramienta que el hijo necesitaba era una simple Olivetti, y no una azada. Y cuando García Alix, con esa voz ronca y la mirada iluminada del resucitado, confesaba cómo la generación de la movida se montó a pelo en un caballo alado del que muchos no pudieron bajar a tiempo.
Siempre me han fascinado las vidas ajenas, tal vez porque la propia bastante tenemos con vivirla, faltos de la necesaria perspectiva de espacio y tiempo para pensarla con un mínimo de criterio. Especialmente me llamaban aquellas que se juegan a todo o nada, en esa partida de ajedrez que el cruzado de “El Séptimo Sello” entabló con la muerte para encontrarle un sentido. Durante una época me dio por leer de forma obsesiva biografías de artistas, o de gente relacionada con las artes, desde Nijinsky hasta Peggy Guggenheim, desde Josep María de Sagarra hasta Pániker, desde John Huston a Henry Miller. Cualquiera que hubiera sido capaz de lanzarse al vacío de su vocación creadora, de arriesgar la seguridad burguesa de una vida como Dios manda, de supeditar todos sus actos a esa fe suprema en el Santo Grial de la escritura, de la pintura, de la escultura, de la fotografía, del cine, merecía a mis ojos achinados de pobre mortal del montón todo mi tiempo y admiración. De ahí nació con el tiempo #operacionpicasso, cuando, aun convencido de la perdición de mi alma para la causa, decidí dar el salto de mero lector boquiabierto a autor temeroso, recreando la época en que un joven Picasso luchaba contra viento y marea desde Montmartre por revolucionar las leyes de la perspectiva. Ese tema de la vocación reprimida, de la disyuntiva entre el pájaro en mano y los ciento volando, de las segundas oportunidades, sigue siendo un tema central en todo lo que escribo, tanto en las novelas publicadas hasta la fecha (#turileda)como en las inéditas aún (“El enamorado de la carta rosa”), y hasta en alguno de mis cuentos. Y es que, por mucha ficción que se imagine, igual no dejamos nunca de ser ese muchacho que, a la caída de la tarde, tras hacer sus deberes y jugar un rato en el parque al fútbol, se sumergía entre las páginas de esas vidas ajenas sentado en el sillón, con la misma admiración extraterrestre con la que un niño gazatí contempla por la tele (de funcionar) a su héroe Messi dibujar un regate imposible, mientras por la ventana llueven los cascotes de la vida real.
Feliz día de las librerías.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *