LAS COLAS

Si hay algo que odio (además de las moscas, el arroz pasado y el verbo evangelizar) son las colas. Entre mis tres peores pesadillas recurrentes está que me levanto de la cama y, conforme salgo de la habitación, una cola ya formada y en movimiento me incorpora de eslabón, tanto que no puedo salirme de la cadena, como un becario cualquiera de Hamás. Las otras dos pesadillas os las ahorro, que bastante tenemos ya con el telediario. No sé porqué, pero siempre que se aproximan estas fechas tan entrañables me acechan las colas. Hace unos días tuve la suerte de disfrutar durante casi dos horas de una, justo hasta que el taquillero, con la media sonrisa del que avista un pringado, me entregó las entradas de nochevieja para mi hija, sin las que corría el riesgo de ser repudiado. Y ayer tarde, en pleno paseo bucólico de compras prenavideñas por el centro de Valencia, tuve el privilegio de contemplar la que enhebraban decenas de planetómanos a las puertas del Corte Inglés. Para un aficionadillo como yo, fuera de todo ese circo, es tan fácil repudiar la literatura comercial con pose de purista como confesar (lo estúpido no quita lo valiente) que no me hubiera importado salir un minuto de suplente, mientras Sonsoles acudía escoltada al aseo, y así saber por fin qué se siente cuando te leen.
Como de momento estos chicos tienen la plantilla completa, me tuve que limitar a retratarles y fantasear, que es lo mío. De la primera espera (la de la taquilla) salió un cuento (“La cola”, qué original soy para titular). De la de ayer solo salió el pañuelo del bolsillo, en el instante en que mi otra hija, la seguidora de Brandon Sanderson, me limpió las babas, justo cuando opositaban ya a bola colgante de Navidad. Pero no puedo evitar la tentación de hacer spoiler de mi última novela, en concreto de una de sus tramas (la novela no es solo eso, claro), anterior, eso sí, a la pareja que me hizo babear hace unas horas. Igual algún día hasta las firmo, total aún creo en los Reyes Magos (que le den al de las barbas, seguro que está haciendo cola de renos a estas horas, como un pringado cualquiera).
“En el momento de servir el postre, la tensión en la sala de celebraciones del hotel The Westin Palace podía hendirse con la misma cucharilla con que los comensales atacaron el crujiente de chocolate blanco y negro, y, en algunos de ellos, hasta sangrar como el coulis de frutos rojos que le acompañaba.
Ese era, sin duda, a pesar de las apariencias, el caso tanto de la mayoría de los finalistas descartados, especialmente los autores de plantilla de la editorial, como del presidente del grupo, que, a diferencia de los anteriores, ni siquiera trataba de disimular su monumental cabreo por lo que ya intuía una rebelión en toda regla del jurado, por mucho que compartiera mesa presidencial con sus majestades y los políticos de más alta alcurnia y tuviera que mantener la compostura. Impotente, no paraba de agitarse en su silla mientras departía a izquierda y derecha (nunca mejor dicho), y de lanzar miradas como gritos ahogados a su jefa de prensa.
—No, si ahora resulta que además de hacer de niñera de esos dos, encima voy a tener la culpa de que Carmen haya sido incapaz de frenar a los otros y se pasen por el forro las instrucciones. No aguanto más, vaya nochecita, que les den, mañana estoy llamando a los del pingüino, a ver si siguen interesados…¿Pero qué coño hacen esos?
Lo que la sufrida subalterna del mayor grupo editorial en castellano contemplaba escandalizada, en una noche en la que muchos más ojos giraban desorbitados, era a varios periodistas que, ni cortos ni perezosos, y aprovechando la confusión previa al anuncio final, de forma sospechosamente sincronizada arramblaron con el hatajo de libros antiguos —decían que había hasta una primera edición de las Memorias de Azaña— que decoraban coquetamente los centros de mesa, dirigiéndose al guardarropa con su preciado botín mientras alguno lo tuiteaba en riguroso directo.”
Feliz domingo sin colas.

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