VOLVER A REÍR

Hoy hace un año que me quedé huérfano del todo. Las fechas, como las celebraciones, solo son una excusa más para pararnos, para buscarnos en el espejo, para olvidar que en un futuro galopante solo seremos olvido. Es curiosa la vida. Un buen día estás ahí con ellos, de perfil, como el que mira sin ver, pensando acaso “qué pesaíco es, siempre recordando las cosas cuarenta veces, siempre con la agenda en la cabeza y pasando revista”, “qué poquico cuerpo tiene ya la pobre, en cuanto se sienta a la noche no se hace viva, ni café ni tele ni nada”, sin valorar todo lo que das por hecho solo por el pequeño detalle de que te parieron, de que son tu mundo, y al día siguiente alguien decide quitártelos. Y, lo que es peor, poco a poco, con un sufrimiento gratuito, permitiendo que esos otros que ya no son ellos sean conscientes, al confrontar sus últimas miradas ya ajenas, de que llega el final.
“Esto es la leche, se está muriendo gente que no se había muerto antes, hijo, adónde vamos a parar”, y mamá se reía, por mucho que lo contaras en cada óbito noticiable. Mamá siempre reía. Aun llorando, se reía. Hay gente que, a pesar de criar seis hijos, e incluso a alguno de ellos varias veces (hay destetes y destetes), han nacido para ser felices. Como esa noche en la Semana de Música Religiosa, cuando despertó con el ruido y se incorporó a los aplausos finales como si hubiera escuchado a Bach desde el principio, y tú la mirabas riendo y decías qué suerte tengo, qué haría sin ella (eso no me lo contaste, ya se sabe que antes los hombres erais de aquella manera). Como dijiste (sin hablar tampoco, no hacía falta) cuando, en ese diezdejuliodedosmildoce, de repente se quedó callada, como ausente, víctima del rayo que la fulminó por dentro. Y ni siquiera pudiste decirle que, a pesar de cargar ya con todo el peso del tiempo en sus hombros encorvados, en sus huesos de aire, en sus pechos exprimidos, la necesitabas como el primer día, cuando Lucho Gatica oficiaba en la verbena (Más allá de tus labios/Del sol y las estrellas/Contigo en la distancia/Amada mía estoy). Cuando, sin saberlo, vuestros seis hijos aguardábamos reo en la casilla de salida, dispuestos a competir por ser el que más guerra os diera, ignorantes de hasta qué punto íbamos luego a echar de menos todas esas ocasiones en que os tuvimos sin saberlo. Sin ser conscientes de la suerte que teníamos. De que cuando quisiéramos mirar atrás, justo antes de ser olvido, nos íbamos a arrepentir de no haberos hecho saber que, a pesar de todo, todo mereció la pena. Que, de una forma u otra, con mayor o menor acierto, nos levantamos cada mañana gracias a vuestro ejemplo. Que intentamos buscarnos todos en ese espejo que vosotros dibujasteis con unción durante cada uno de nuestros días, conscientes de que si os fuisteis dejando la vida en ello qué derecho tenemos nosotros a olvidaros. A no seguir con vosotros en la distancia, más allá de vuestros labios, más allá de la noche.
Aunque la Navidad ya ni siquiera sea un chiste de los tuyos (el del boxeador te gustaba mucho, ¿te acuerdas?), ni un villancico de los de mamá (cuando bajaban los vecinos zambomba en mano y teníamos que hacer playback, ¿te acuerdas?), todos seguimos subiendo a pulso la silla de ruedas por las escaleras de casa en nochevieja. Y, como siempre, ella vuelve a reír.

2 comentarios en “VOLVER A REÍR”

  1. Fernando González Alfonso

    Buscaba el nombre de tu padre y me he encontrado contigo.
    Don Pedro, como lo llamábamos todos, está aún en el recuerdo de muchos que como yo lo tuvimos de maestro en la Escuela Aneja. Escuela que para mí tenía un significado especial porque me gustaba ir a la escuela a aprender y a jugar con los compañeros. Y también porque era la escuela de mi tío, El tío Paco, Francisco Alfonso Herranz.
    Gracias por el hermoso recuerdo hacia tus padres que he hecho mío.

    1. Gracias a ti por la lectura y el sentimiento, Fernando, aunque solo fui a la Aneja hasta 2º de EGB, recuerdo muy bien a don Paco, tu tío, un gran maestro y una muy buena persona. Un abrazo.

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