JUEVES LARDERO

Cuando estás en edad de merecer hay días que no son una simple hoja en el calendario, una de esas en que los mayores te pasan lista a cada hora para comprobar que estás atado a la silla y todo transcurre según el plan previsto.
Durante la mañana del jueves lardero, cuando estás en edad de merecer, la propia excitación colectiva va empujando el minutero del reloj de consejería hasta conseguir que suene el timbre. Como si se hubieran abierto los portones del paraíso y tuvieran que coger sitio, hordas de estudiantes salen en estampida para buscarse y encontrarse fuera del espacio y del tiempo de sus mayores, hacia la promesa de una tarde en la que (queríamos creer, pues ya se sabe que la fe es cosa de querer, y más si muchos quieren) todo estaba permitido y todo podía suceder. Antes, en mi época de merecer, nos diseminábamos con las mochilas a la espalda (pan, chorizo y huevo, y litros de alcohol/corren por mis venas, mujer) por las dos hoces que flanquean la ciudad vieja, haciendo resonar las risas y gritos entre las ramas peladas de los chopos como un presagio de la cercana primavera. Ahora, que para eso nos han salido más espabilados, se juntan todos a mogollón en la misma campa de las afueras, sin avistar ni de lejos un chopo, pero optimizando energías y recursos en un macrobotellón punteado al anochecer por las luciérnagas sordas de cientos de móviles intermitentes que se buscan a ciegas.
Hace unos años pude presenciar en vivo y en directo una escena que, en contra de toda lógica, en vez de soliviantar mi condición de padre calzonazos y supertacañón, me dibujó una sonrisa nostálgica de tiempos perdidos. Había ido a los pies de la campa al reclamo del guasap de mi hija, ya entrada la noche (¡papá, ven a recogernos ya!), y nada más llegar la recua de guachas y meterse a trompicones en mi coche (ahora que nadie me oye puedo reconocer que superaban las plazas reglamentarias), la tragedia estalló. Una de ellas, entre lagrimones e hipidos desconsolados, no paraba de vocear a los cuatro vientos su desengaño amoroso (¡jo tía, le habéis visto, jo tía y encima con esa, jo tía, yo me quiero morir…!), sin que, ante la inmensidad ciega de su dolor, le importara lo más mínimo ni el escenario ni mi presencia al volante.
Sin saber aún lo afortunada que era por poder jugarse la vida sin red a cada instante.
Por poder sentir, con la intensidad salvaje de los quince años, que el mundo se acaba a tus pies una tarde cualquiera de jueves lardero, sin que nada ni nadie te pueda consolar.
Quien fuera esta mañana horda para, mochila a la espalda (pan, chorizo y huevo, y litros de alcohol/corren por mis venas, mujer) salir en estampida buscando sitio tras los portones del paraíso, dispuesto a jugarse la vida sin saberlo.
Quien pudiera explicarles que en edad de merecer todo, hasta eso, merece tanto la pena.

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