CUENTO DE OTOÑO

Llevaba días arrastrándose. Sí, ya sé, que vaya una milonga, que qué derecho tiene, que igual si fuera la campana de la iglesia de Todoque, repicando sorda bajo metros de lava mientras miles de plátanos prendidos como puros lloran sus cenizas. El día en que te haces viejo, el día en que te haces viejo. Desde niño lo había oído, sin escuchar ni entender. Flotaba en silencio entre las conversaciones de los abuelos, como el humo de un fantasma caprichoso y esquivo. Jamás supo su nombre, ni su fecha, ni su rostro, ni el porqué de su secreto. Ni quiso saber. El tiempo no puede existir, es una mera excusa, un mito, ya sabes, pensaba acaso si salía el tema. Sí, ya sé, que vaya una milonga, que igual si fuera el ombligo preñado de la que temblaba a popa del cayuco, mandando señales de burbujas mientras se hundía en el océano. El día en que te haces viejo. Y todo porque de repente la artrosis le galopa borracha por los cartílagos y le rechinan las articulaciones como un juguete oxidado y roto. O porque se sorprende un buen día mirando a su espalda, por si acaso le pillan esas voces de antes, mientras delante se deshace el espejismo del futuro en arena mustia y plana. O porque realmente cree, a ver si no, que la vida ya solo puede ser ficción, que los sueños sueños son, y que solo le queda seguir como si fuera otro, en el cuerpo de otro, en la mente de otro, sumergido en su autoficción, reinventándose en papel de fumar, escapando cada tarde por ese agujero en pos del conejo blanco que mira su reloj de bolsillo y murmura que llega tarde. Sí, ya sé, que vaya una milonga, que igual si fuera el zagúan del banco que cada noche sortea su calor de billetes cercanos entre el húngaro del acordeón, el del cartelito de soy de Jaén, siempre con la cabeza hundida tras su maleta vacía, y esa temblona sin edad que apesta y apenas entiendes cuando se te arrima con la mano tiesa a media calle y tuerces como todos. El día en que te haces viejo, el día en que te haces viejo. ¿Qué día es ese padre?, se atrevió a preguntar aún con el abuelo de cuerpo presente, no dígas tonterías, le soltó tras la colleja, como disculpándose, solo existen los días si los cuentas, tú limítate a vivir, le soltó después aún,  como para sí, mientras reculaba a moco tendido.

Llevaba días arrastrándose, buscando el regusto de la colleja de su padre, sabiéndose merecedor. A su alrededor, los chopos vomitaban coladas de hojas amarillas sobre los níscalos agusanados; indiferentes al día, al otro volcán, al cementerio marino, a los okupas del cajero, a la idea del tiempo, a sus miserias.

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