RESEÑA DE RAFAEL ESCOBAR (FACEBOOK)

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El primero de los muchos aciertos que reconocerá de inmediato el lector de esta novela, es lo atinado de su contextualización. Justo en los meses de la “desescalada”, los inmediatamente posteriores al confinamiento de la pandemia de Covid. Si de continuo sospechamos que la vida es en esencia frágil, pocas veces se sintió como entonces la evidencia de esa precariedad. Salvo la naturaleza, que nos regaló una primavera hija del alivio de sentirse a salvo de su mayor depredador, todo parecía más provisional que nunca. Nos acercábamos a los pequeños placeres como si tuviéramos que disculparnos por ellos, tan tímidamente que es como si los consideráramos un espejismo. Y en ese exilio interior de los días enclaustrados en casa se reabrieron un buen número de miedos y traumas mal remendados de los que quizá nos considerábamos ya a salvo. Esa sensación de flaqueza global concuerda perfectamente con un “dramatis personaje” de seres humanos diversos en edad generacional, personalidad y gustos pero cohesionados por la huella que en ellos ha dejado la vulnerabilidad.

Bermúdez, pese a lo abrupto de su lenguaje y su carácter, nunca ha sido capaz de dirigir su propia vida. Su padre decidió la profesional y sus amigos, para que no pusiera en peligro la suya, la sentimental. Y quizá por ello en ninguno de los dos frentes tampoco fue capaz de tomar la iniciativa para ser feliz. En la retrospectiva mental a que le conduce cumplir cincuenta años, la “Gime” recuerda el impacto de su enamoramiento del “Torete”, cómo se convirtió en una pasión “monomaníaca” que le hizo incluso dudar de su identidad al carecer de control de sus emociones y que arrasó los posibles prejuicios de sus muchas diferencias (de carácter, de gustos, de nivel cultural), todo aquello que luego fueron argumentos en la “gran bronca” antes de su desgracia pero que entonces eran detalles sin importancia ante el poder totalitario del amor. Silvia, que oscila entre los polos inestables de su timidez y sus explosiones de genio imprevisibles, intenta retardar el acceso al trabajo y el “mundo adulto” que contempla como una rendición prematura de sí misma. Pero sin duda nadie ha sufrido más en estas páginas que Capone. A cuestas con el estigma de su pequeña deformidad física, la sobreprotección de una madre que acabó enloqueciendo, unos hermanos que por considerarlo inútil para la vida redujeron la suya al cuidado de un padre anciano hasta que se obró dentro de él la misma insurrección que también le llevó a dar el paso de escribir tras muchos sueños amordazados.

La novela nos regala un retrato implacable, lúcidamente cruel, de las redes sociales y cómo han alimentado un deseo de celebridad al instante que a menudo no respeta ni el abecé de la ética más obvia. Se cita en algún momento la película “Calle mayor”, tan inseparable de lo mejor del pasado cultural de Cuenca (perdón, quise decir “Contrebia…de la que aparecen tantos pequeños detalles que no podrán sino reconocer y fascinar a quien la habite) y es una referencia pertinente porque aquí también aparecen esos jóvenes que sienten la amenaza de un futuro sin perspectivas o simplemente se aburren, que quieren lograr sus sueños sin pasar por la agonía de lucharlos y que, salvo excepciones, acaban perdiendo cualquier sentido de la medida envueltos en esa fiebre. Así, el enamoramiento de Capone hacia Gime, que ella acaba incentivando por necesidad de evasión y en el que también acaban participando la insatisfacción de Bermúdez y hasta seres aniquilados por la vida como Pedrín, se convierte en un culebrón mediático cuyos transmisores pronto dejan de conformarse con ese papel un tanto pasivo para creerse sus guionistas.

En el conjunto global de una novela magníficamente escrita, son muchos los méritos estilísticos que podemos señalar. La alternancia de registros para caracterizar de manera igualmente creíble a los adultos sofisticados y los adolescentes que no parecen especialmente preocupados en llegar a serlo. Múltiples referencias culturales que, además de significativas para el tratamiento de los temas esenciales, no pretenden ser “rebuscadas” y ponerse al servicio de ningún exhibicionismo cultural. Los capítulos de la parte final sobre la ceremonia de entrega del “premio Plutón” van más allá de una ácida sátira literaria (que es igual de descacharrante en la descripción de la tertulia de los poetas en el Pelusa) en que desfilan casi una por una buena parte de las miserias del mundo literario actual: los escritores que perciben su oficio como vida social pero no estrictamente literaria, los prejuicios clasistas entre “consagrados” y “advenedizos” con que se castigan los unos a los otros, la corrupción y el sometimiento a lo mediático que sacan a la literatura del mundo del arte para encajarla en la del (mal) espectáculo y vaciarla en ese triste itinerario. Esas partes mencionadas dan pie, igualmente, a una suerte de juego cervantino entre la ilusión y la realidad en que los personajes, a la vez que se convierten voluntariamente en ficción, discuten (como Don Quijote y Sancho ante el libro de Sansón Carrasco) cuánto queda ella y qué otro porcentaje ha sido manipulado o borrado en esos figurantes de sus propias vidas que ahora son.

“Costumbrista” cuando afronta el recuerdo de un pasado de la ciudad que reconocerán infinidad de lectores. Pero también “posmoderna” cuando retrata la pasión por lo efímero, centrada en las redes y la tecnología, que sufrimos como otra pandemia paralela de la que ya no se adivina el fin. Tremendamente divertida en sus partes de crítica social más incisiva. Y a la vez “grave” cuando bucea en la entraña de los amores a la desesperada, de la imposibilidad de ser libre ante las demandas de un mundo cuyas convenciones y prejuicios ya estaban perfectamente instalados cuando nos trajeron a él. Tiene tantos “hilos” y tan bien resueltos todos…. que os prometo que os gustará tanto como a mí.

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